Parte de la ilustración de ‘Los veintiún libros de los ingenios y las máquinas’ , del siglo XVI.

El trasvase de las aguas cumbreras hacia el Guiniguada, una de las grandes joyas de la ingenería de las islas, cumple cinco siglos

28/9/2026. José María Hernández. Cuando la expedición castellana desembarcó en la Bahía de las Isletas con el propósito de conquistar Gran Canaria en 1478, estableció su campamento militar, conocido como el Real de Las Palmas, en la desembocadura del barranco del Guiniguada, un entorno caracterizado por extensos palmerales. Aquel asentamiento inicial evolucionó progresivamente hasta convertirse primero en villa y, posteriormente, en ciudad. Finalizada la conquista en 1483, su población rondaba los 3.000 habitantes

Con el objetivo de consolidar el dominio del territorio y favorecer el arraigo de la población, procedía la construcción de infraestructuras básicas indispensables para el desarrollo económico y administrativo de la nueva tierra: la apertura de calzadas y caminos, la ejecución de proyectos hidráulicos y la adecuación de zonas de desembarque marítimo, destinadas a comunicar esta cabeza de puente, representada por la ciudad, con el resto del espacio insular en aras de facilitar su conquista y ocupación.

Las infraestructuras terrestres constituían la prioridad más inmediata, pero sorprendentemente transcurrieron más de tres siglos y medio antes de que se actuara de forma efectiva en este ámbito. Durante ese prolongado periodo, se utilizaron rupestres embarcaderos costeros y accidentados caminos del interior que solo podían ser transitados por caminantes, y el transporte de cargas solo era posible a lomos de animales.

Sin embargo, la imperiosa necesidad de disponer de agua potable para el abastecimiento de la ciudad y para el riego de los cultivos que comenzaban a expandirse en sus alrededores pudo resolverse inicialmente gracias a las aguas que aportaba el barranco del Guiniguada de forma continua y, posteriormente, cuando se necesitó más cantidad, por manantiales procedentes de las cumbres montañosas de la isla, canalizadas por acequias a lo largo del barranco del Guiniguada.

La introducción de la caña de azúcar, junto con la instalación y posterior expansión de los ingenios azucareros por las laderas de dicho barranco, hizo imprescindible la localización de nuevos nacientes en las zonas altas de la isla para paliar el progresivo déficit hídrico que empezaba a manifestarse.

La cabecera de la cuenca de Tejeda, debido a su posición estratégica en la cumbre insular, contaba con diversos manantiales; sin embargo, la mayor parte de sus aguas vertía hacia el barranco de Tejeda, hacia el oeste, donde apenas existían terrenos cultivados. Ante esta situación, el Cabildo solicitó licencia real para trasvasar aquel caudal desaprovechado hacia la cabecera del barranco del Guiniguada, conocido como barranco de la Mina. El 26 de julio de 1501, los Reyes Católicos concedieron «la merced del uso del agua de Tejeda para su aprovechamiento y trasvase hacia otras partes de la isla, especialmente hacia los valles agrícolas y la ciudad». Dicha Real Cédula fue otorgada al Cabildo de Gran Canaria, al que correspondió gestionar las obras necesarias de ese proyecto.

250.000 maravedíes

El coste total de la empresa ascendía a 250.000 maravedíes. Su financiación consistió en la entrega de la mitad de las aguas a la persona que realizase la obra, reservándose el Cabildo la otra mitad. De esta forma, el Cabildo adjudicó las obras a Vasco López y Tomás Rodríguez, quienes la ejecutaron. Años después, Juan de Ariñez compró la mitad privada correspondiente a los ejecutores de la obra, y ese mismo año el Cabildo subastó su parte, haciéndose con ella el licenciado Cristóbal Venegas. Hoy en día, la explotación de esas aguas privadas corre a cargo de la Junta Permanente de las Heredades de Las Palmas y Dragonal, Bucio y Briviesca.

Mina de Tejeda

Las obras se desarrollaron entre los años 1514 y 1526, entrando inmediatamente en servicio. Se convirtió en la primera gran infraestructura hidráulica de Canarias y, probablemente, en la de mayor envergadura de su tiempo dentro del archipiélago. Esta construcción es considerada una de las más antiguas y audaces realizaciones de la ingeniería hidráulica canaria, ejemplo destacado de la aplicación de conocimientos prácticos de topografía, excavación y gestión del agua en un entorno geológico de gran complejidad.

El proyecto consistía en la excavación de un túnel de trasvase en roca que conectara el manantial del Ancón de la Mina, en la cuenca de Tejeda, con el barranco de la Mina, perteneciente a la cuenca del Guiniguada. Los maestros albañiles adjudicatarios, Vasco López y Tomás Rodríguez, fueron considerados idóneos para afrontar tal empresa. Estos oficiales, auxiliados por personal especializado como cabuqueros (especialistas en perforación de galerías) y piqueros, asumieron un desafío técnico extraordinario para la época, horadando la roca sin el uso de explosivos y empleando únicamente picos, cuñas y el fuego como método para fracturar la piedra. Esta, afortunadamente, era del tipo arenisco, mucho más trabajable que las basálticas. Las dimensiones originales del túnel eran muy reducidas, limitadas a lo estrictamente necesario para permitir el acceso de un trabajador y la extracción del material excavado: aproximadamente 0,60 metros de ancho por 0,60 metros de altura. Con posterioridad a su puesta en funcionamiento, el conducto fue ampliado hasta alcanzar cerca de dos metros de altura, con el fin de facilitar las labores de inspección y mantenimiento.

Tras el reconocimiento previo del terreno, los maestros albañiles determinaron que no era conveniente iniciar la excavación directamente en el punto de nacimiento de las aguas, ya que ello habría supuesto la construcción de un túnel excesivamente largo.

Optaron, por tanto, por conducir el caudal desde su origen mediante una acequia excavada a pico en la ladera hasta el paraje conocido como Cuevas Sardina, situado a la cota de 1.060 metros, desde donde la perforación de la cumbre presentaba la menor distancia posible. La salida del túnel por su vertiente norte, tras atravesar la degollada de Las Palomas, se localizó a la cota de 1.010 metros, en el enclave denominado Hoya Becerra.

La excavación se inició simultáneamente desde ambas vertientes de la cumbre, logrando que las dos bocas de la galería convergieran con un margen de error mínimo, hecho especialmente notable para una época en la que los conocimientos topográficos eran aún limitados. Finalmente, el túnel alcanzó una longitud de 342,50 metros. Los trabajos se prolongaron durante doce años y culminaron en 1526, momento a partir del cual el agua comenzó a fluir de manera continua y abundante hacia la vertiente oriental de la isla.

Para su distribución se diseñó una extensa red de acequias que alcanzaba aproximadamente los 44 kilómetros, permitiendo conducir el agua hasta las zonas agrícolas y hasta la capital insular. Este sistema garantizó el abastecimiento de la población, el funcionamiento de los molinos hidráulicos situados aguas abajo y la irrigación de tierras que, de otro modo, habrían carecido de recursos hídricos suficientes. Gracias a esta infraestructura, la ciudad de Las Palmas incrementó de forma notable su relevancia dentro del conjunto insular, dado que el agua constituía un factor esencial para su crecimiento demográfico y productivo.

Como dato significativo, en la década de 1970 la Administración del Estado construyó la presa de Ariñez, a petición del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, con el fin de regular las aguas procedentes del trasvase de Tejeda; sin embargo, dicha infraestructura nunca ha llegado a su máxima capacidad de almacenamiento de agua.

En contraste, la presa del Siberio, edificada con un objetivo similar en las proximidades de La Aldea, sí ha logrado llenarse en numerosas ocasiones.

Revolución técnica y social

La mina de Tejeda se integra en un sistema ancestral de galerías excavadas en la roca volcánica, cuyo propósito principal era la captación de aguas subterráneas procedentes de las cumbres y su conducción hacia las áreas pobladas y agrícolas, en una isla caracterizada por una orografía abrupta y por una distribución muy irregular de las precipitaciones.

Este tipo de construcciones supuso una auténtica revolución técnica y social para la época.

Se trata de uno de los ejemplos más relevantes del patrimonio hidráulico de Gran Canaria, enmarcado dentro de la tradición histórica de túneles y minas de agua que permitieron el aprovechamiento, e incluso el trasvase natural, de los recursos hídricos entre distintas zonas del territorio insular. La mina de Tejeda es recordada como un elemento fundamental en la historia del agua en Gran Canaria y constituye un valioso testimonio de ingeniería popular que ayuda a comprender cómo fue posible habitar y explotar un territorio tan complejo. Su estudio permite valorar la notable inteligencia hidráulica desarrollada en la isla mucho antes de la aparición de la tecnología contemporánea.

El túnel de desvío permanece visible en la actualidad y continúa en funcionamiento con transformaciones técnicas posteriores.

El túnel ha sido objeto de investigaciones y conmemoraciones a lo largo del tiempo. Se da la casualidad de que, en este año 2026, se celebra el quinto centenario de la puesta en servicio de esta extraordinaria obra de la ingeniería hidráulica, y parece de justicia hacerle los honores a esta gran gesta conseguida en los tiempos medievales de Canarias.

Fuente: La Provincia.es






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